Para establecer una
norma de actuación correcta y evitar
maximizar los efectos de una crisis de escasa magnitud con una respuesta
de alto perfil, en definitiva evitar “echar más leña al fuego”, es necesario
establecer la intensidad de la crisis. Este aspecto determinará en gran medida
la aplicación del plan de comunicación en aspectos claves como el mensaje, los
portavoces que se encargarán de transmitirlo y los medios receptores del mismo.
Podemos establecer
la siguiente tipología de crisis en función de su intensidad, así como
las normas básicas de actuación en cada caso.
·
Tipo A: La repercusión en medios es alta y afecta al núcleo del negocio o
actividad de la compañía u organización. Requiere la intervención de los máximos representantes de la empresa
como portavoces. La actuación más correcta suele ser el reconocimiento de los
hechos, la explicación de los mismos y el anuncio de medidas correctivas y
preventivas a corto plazo.
Fte:
Cinco Días. 12 abril 2012
·
Tipo B: La
repercusión pública es media y la crisis, aunque no afecta al grueso del
negocio, sí tiene implicaciones en su ámbito de producción y en su imagen.
Requiere la intervención como portavoces de directivos de importancia aunque no
de primera fila (por ejemplo, jefes de producto, directores de marketing,
etc…). La estrategia debe ser similar a la anterior.
·
Tipo C: La
repercusión mediática es escasa y el problema no es relevante para el ámbito de
actuación de la organización. Con la intervención del
director de comunicación o gabinete de prensa es suficiente. La norma a seguir
es no lanzar un mensaje a todos los medios con carácter general ya que esto
solo significaría ponerles sobre aviso de algo que les ha podido pasar
desapercibido y crear lo que se llama el efecto “bola de nieve”, sino dirigirse
personalmente al o los medios que se hayan hecho eco del problema y ofrecerles
colaboración y explicaciones personalizadas.

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